LA DESPEDIDA
No se que decir, tanto tiempo, tanto ladrar, tanto correr, tanto comer, tanto dormir, tanto esperar... Muchos dicen que eso es saber disfrutar de la vida, pero no todo son los privilegios que ustedes tanto anhelan...
Y pensar, que cuando se nace, con los ojos cerrados en el regazo de una madre, que si puede llamar madre, que es capaz de matar por que nos miraban, de atacar la mano que tanto tiempo la alimentó, y que la vio crecer y morir. Luego con el tiempo (que es para mi, mi primer y mayor enemigo, pues ustedes viven de a un año, mientras yo por cada uno de esos envejecía siete), se crece a gran velocidad, al lado de unos seres que caminan en dos patas traseras, y su comunicación es bastante enredada, a pesar que muchas de esas cosas las captaba, empezando por el nombre y otras órdenes que me daban sin parar (Sentada, rueda, acostada, etc.). Pero seres a los cuales les cogí gran cariño. Después de que para mi pasaron 21 años de juegos, de correr, de comer muy bien, y hasta muchas veces mejor que cualquiera de ustedes, me separaron de mi familia materna (en la que comencé a crecer y quienes me aguantaron todo), para caer en una familia, que a pesar de todo, y con el tiempo supo quererme mucho y yo a ellos. Al principio, como todo muy difícil adaptarme, pues era una familia con una anciana en casa, un cojo, un niño, una señora y mi primer padre de esa familia. Después de tanto tiempo (no se cuanto realmente, pues hace años perdí la cuenta), el niño creció convirtiéndose en el nuevo padre, el cojo como siempre, de alcahuete con “su niña”, la madre, como siempre, un regaño pasajero, pocas caricias pero mucho amor y preocupación como si fuese otro hijo salido de sus entrañas, y la anciana como siempre pasiva. Recuerdo que a mi plato de comida sólo tres personas eran bienvenidas para alimentarme, mi eterno acompañante que hasta vieja me bañó, con quien salía a correr en un inmenso parque, y quien más mimos me daba, el cojo por ser ese abuelo alcahuete y mi primer padre. Hace poco he dejado de vivir, porque la vejez no llega sola, es más ni capaz de caminar mucho podía, mantenía acostada y estaba muy flaca, ciega y mueca, pero hasta el final, esta fue mi verdadera familia, quien me amo y yo siempre amé...
No se que decir, tanto tiempo, tanto ladrar, tanto correr, tanto comer, tanto dormir, tanto esperar... Muchos dicen que eso es saber disfrutar de la vida, pero no todo son los privilegios que ustedes tanto anhelan...
Y pensar, que cuando se nace, con los ojos cerrados en el regazo de una madre, que si puede llamar madre, que es capaz de matar por que nos miraban, de atacar la mano que tanto tiempo la alimentó, y que la vio crecer y morir. Luego con el tiempo (que es para mi, mi primer y mayor enemigo, pues ustedes viven de a un año, mientras yo por cada uno de esos envejecía siete), se crece a gran velocidad, al lado de unos seres que caminan en dos patas traseras, y su comunicación es bastante enredada, a pesar que muchas de esas cosas las captaba, empezando por el nombre y otras órdenes que me daban sin parar (Sentada, rueda, acostada, etc.). Pero seres a los cuales les cogí gran cariño. Después de que para mi pasaron 21 años de juegos, de correr, de comer muy bien, y hasta muchas veces mejor que cualquiera de ustedes, me separaron de mi familia materna (en la que comencé a crecer y quienes me aguantaron todo), para caer en una familia, que a pesar de todo, y con el tiempo supo quererme mucho y yo a ellos. Al principio, como todo muy difícil adaptarme, pues era una familia con una anciana en casa, un cojo, un niño, una señora y mi primer padre de esa familia. Después de tanto tiempo (no se cuanto realmente, pues hace años perdí la cuenta), el niño creció convirtiéndose en el nuevo padre, el cojo como siempre, de alcahuete con “su niña”, la madre, como siempre, un regaño pasajero, pocas caricias pero mucho amor y preocupación como si fuese otro hijo salido de sus entrañas, y la anciana como siempre pasiva. Recuerdo que a mi plato de comida sólo tres personas eran bienvenidas para alimentarme, mi eterno acompañante que hasta vieja me bañó, con quien salía a correr en un inmenso parque, y quien más mimos me daba, el cojo por ser ese abuelo alcahuete y mi primer padre. Hace poco he dejado de vivir, porque la vejez no llega sola, es más ni capaz de caminar mucho podía, mantenía acostada y estaba muy flaca, ciega y mueca, pero hasta el final, esta fue mi verdadera familia, quien me amo y yo siempre amé...
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